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Cuando la justicia vomita

 

Relato de Sarah Ament, voluntaria que visitó el barrio Alto Selva Alegre:

 

Me encuentro en una pendiente, todo a mi alrededor está sucio, mis ojos arden sin parar. En medio de cables de electricidad averiados veo un cielo muy azul. El sol brilla: puro sarcasmo. Entonces debo seguir; me ocupo de documentar todo con la cámara y de reprimir este sentimiento de injusticia dentro de mí. Veo casas cuya superficie no es mayor a seis metros cuadrados y donde todo es suciedad. De tener ropas limpias se ensuciarían irremediablemente luego de dos horas en el lugar. Junto a las pequeñas cabañas de piedra hay cabañas aún más pequeñas; con cierto eufemismo se las puede llamar baños. La tubería del acueducto es defectuosa, lo mismo pasa con la electricidad. Repentinamente me doy cuenta de porqué mis alumnos no hacen tareas. Muchos de ellos tienen que ir a trabajar en las tardes, venden dulces en las calles y por las noches no tienen luz eléctrica.

 

“¿Crees que podemos esperar que los niños vayan a la escuela con manos y ropas limpias, Sarita?, me pregunta Guillermina. Debo pasar saliva.

 

Entonces descubrimos una mujer en su casa. Cuando le hago un cumplido sobre su suéter bordado ella me abre la puerta de plástico de su hogar; me muestra su jardín, el cual consiste en tres flores secas. Luego, con algún recelo ella me muestra su “casa”: un cuarto con tres camas y una estufa de gasolina;  hay ropa y restos de comida en el piso. “¿Qué come normalmente al almuerzo?” le pregunto: otra vez la mujer (que tiene dos hijos) mira el piso con vergüenza; me duele haber preguntado. Su esposo trabaja a veces en el campo, pero no es un trabajo seguro; a veces tiene suerte, a veces no. Así es la vida.

 

“¿Creías que sería así?”, pregunta Guillermina.

 

Lo creía pero no lo sentía, respondí.

 

 

Sometimes justice feels sick

 

A report from Sarah Ament, who volunteered in Alto Selva Alegre neighborhood:

 

I am placed in the downhill, everything around me is dirty, my eyes burn. Among these useless electricity cables I see a blue, glowing sky. The sun shines: it is pure sarcasm. I must go on and document everything with my camera, while I try to refrain the feeling of unfairness inside of me. I see households whose area is not bigger than 6 square meters and are just filthy. If one has fresh, clean clothes, they will be dirty after two hours in this place. Beside the small shacks there are even smaller ones; you may call them toilets, as an euphemism. The water lines malfunction and the same goes for electricity. Suddenly I realize why my students do not bring their homework to school. Many of them must work in the afternoon; they sell candies in the streets and have no electricity at night.

 

Guillermina asks: “do you think we can really expect the kids to come to school with clean hands and clothes, Sarita?” I must gulp.

 

Then, we meet a woman. Once I compliment her on her pullover, she grants me access to her home; she shows me her garden, which roughly consists of three dried up flowers. Later on, she shows me her “home”: a room with three beds and a gasoline stove. I see clothes and food waste all around. “What do you usually have for lunch?” I ask her. This woman, who has two kids, looks at the ground with embarrassment. I feel ashamed for asking that question. Her husband works in the countryside, but it is not a regular job; sometimes he has luck, sometimes he has not any. Life is just like that.

 

Guillermina asks me: did you think it would look like this?

 

I thought it would, but I could not feel it, I said.